martes, 7 de diciembre de 2010

Hay en el viento algo

Hay algo en el viento
esperando que tú lo digas,
que tu voz se rompa
para llevársela lejos.

¡Cuánta alegría en tu mirada
y cuánta tristeza en tus ojos!

Hay en el viento algo
esperando tu silencio.

Por las noches

Por las noches,
mientras la oscuridad asalta el espacio
y lo pinta todo de negro,
y destierra la luz seguramente,
juegan mis pensamientos;
y a veces tanto juegan y juegan,
suben tan alto y tan lejos,
que ya no puedo retenerlos,
y en lo mejor del sueño alcanzable,
cuando casi tocan las estrellas,
me abandonan y me duermo.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Nunca sabré


No sabría qué fue antes, si tu amor o tu mirada;
tampoco nunca sabré que fue después
si mi amor o si tu olvido
No es por mí

Llegué después,

Tú ya te habías ido;

No sabía que el dolor es lo de menos cuando se ama,

Cuando reír es llorar,

Cuando los pétalos de la vida ya no parecen pétalos.


No es por mí,

Es por todo lo que fuimos en aquel otoño,

Tampoco fue por ti,

Será por la vida que nos lanza y nos deja, ahí,

Para nosotros mismos.


Llegué antes

Y tú no quisiste encontrarme.


No sabía que el amor podía hacernos tanto daño

Las hojas lloviendo, esperando,

Y tu voz... tu voz me acaricia cuando no estoy contigo.

No sabía que esas hojas pudieran guardarte tanto,

Decirme tanto,

Decirme que te quiero

Aunque yo ya no lo diga.


Será por las tardes vacías,

Aunque yo nunca te olvide

Y tu no quieras recordar mi nombre.


Como luz separada

Quisiera subir por la escalera del aire
y flotar entre las nubes de otoño,
ser una de ellas,
vestir sus colores,
respirar su frescor,
dormir en su aliento,
y desde allí amar tu mirada perdida
y caer sobre ti como agua despierta,
como luz separada.
Déjame quererte sin saber que te quiero,
sin pensar tu nombre,
sin ningún olvido,
Déjame esperarte sin saber que te espero.
Sonetos
(Quevedescos)
I

Desengaño y decadencia

Faltar pudo su Patria [1] al gran Quevedo,
Pero no a su defensa su poesía,
Ni faltó el preguntar con osadía,
A quien silencio avisa con el dedo.

¿Quién te arrumbó de la justicia al credo,
Quién caducó de ti tu valentía
Y hurtó su luz al luminoso día,
Y te oscureció con amenaza y miedo?

Dejada en la carrera de la suerte,
¿Qué fue de tu España y sus arrojos,
De su báculo, ayer, erguido y fuerte?

¿Qué hizo que el sol bebiera a sus antojos
Y que sólo en el recuerdo de la muerte
Hallaras tú donde poner tus ojos?



II

Caído en desgracia

Todo en el mundo está hecho de prisiones,
De trampa y de mentira farisea,
Sólo en Dios la verdad nace y se crea,
Sólo de él tomaste tus lecciones.

Sobre el tablero juegan los peones
De la intriga, que el valido emplea,
El impío brilla, el justo desea
Retiro, para orar sus oraciones;

Allí de la calumnia fue su hermana,
Bastarda de las siete capitales,
La envidia, condición del alma humana.

De infausto repertorio, los dinares,
Entre olivos doblaron la campana
Al nuevo Galileo entre olivares.





III

Prisión en San Marcos

De aquel Gaspar sin cetro mereciste
La gloria que con cárcel te negó,
La misma que otro cetro cercenó
De otro rey nacido para triste.

No he de callar por más... tú le dijiste
He de verle... en cadenas, respondió,
En San Marcos tu genio clausuró,
Tras su puerta ciega tu luz perdiste.

En ti quedó la guerra desarmada,
En ti quebrado el mástil alto y recio,
Tu nave sin timón, desarbolada.

Del valiente el pago es la emboscada,
Soledad, de los libres es el precio
Y el silencio, el precio de quien calla.



IV

En el señorío de la Torre

En la paz de estos desiertos retirado
Ya el postrer día
con tus señas nombra,
La habla dolida, pesada la sombra,
En la hora de todos, en el día fijado.

De la carrera de la edad cansado,
La ley severa extiende su alfombra,
Desmoronados, tus muros escombra,
Todo te quita, porque tanto has dado.

Responde, Señor, a quien te implora,
Mira al poeta, su palabra inerme
A su cuidado ya la segadora.

Permite el llorar, la vigilia merme,
Que no hay peor llanto que el que no se llora
Ni peor sueño que el que no se duerme.





V

Conceptismo y sátira

Al oír de tu verso la ironía,
Su ritmo, su cadencia y su concierto,
Violento hipérbaton al descubierto,
Concepto, consonante y teología,

Torné blanca la hoja en que escribía,
Y en ella ensayé tu verbo cierto,
Zarpó mi nave y atracó en tu puerto,
Durmió mi noche y despertó tu día.

De sátira mordaz a lomos viene
Tu voz, que en escamel nunca se enfría,
En punzantes dardos tu verso suene,

Avive al ingenio que ayer dormía,
Al metro ajuste, a la figura ordene,
Donde tu letra habite habrá poesía.



VI

Francisco de Quevedo, el hombre

Madrid te hizo español, Ginés cristiano,
Gramático, severa Compañía,
Griego y latino la filosofía,
Lipsio de Lovaina, esplendor hispano.

Alcalá te doctoró, te hizo humano;
Osuna, su amigo de más valía,
En el destierro anocheció tu día,
La espada, enemigo; el honor, villano.

Italia fue intriga y secreto frío,
Desengaño España y adverso invierno,
Tu enamorado polvo, amor baldío.

El mundo por de dentro, engaño externo;
La Torre, altísimo señorío,
Infantes descanso y reposo eterno.

[1] Los versos en cursiva pertenecen o aluden a la vida y obra de Quevedo.
Contra la mentira
(Quevedescas)

Santo silencio profeso
No quiero amigos hablar
Que pues me enfrento al altar
Quedo ciego de embeleso
Mientras limazas sin seso
Pergeñan mi perdición
Chitón.

Si no temiera enfadaros
Saldrían los versos más sueltos
No como huevos revueltos.
Si como Poncio lavaros
Si como a Cristo espinaros
Si del rollo al espigón
Chitón.

Que duelos nunca le falten
Ni quebrantos de llorona
Su nómina en la corona
Los suspiros la delaten
A la sana que la maten
Los priostes y el llorón
Chitón.

A Roma cuando es preciso
Puede el cristiano llegar
Mas si quiere confesar
Abra su bolso remiso
Que es su dinero comiso
Si anhela su salvación
Chitón.
Verdad y mentira

(A los que son políticos y a los que no,
a los tenidos por la derecha y a los por la izquierda,
a los por buenos y a los por malos,
a los creyentes y a los descreídos...
Porque estoy, como Figueras,
"hasta los cojones de todos nosotros",
a todos, estas Quevedescas)


I

Santo silencio profeso,
No quiero amigos hablar,
Que, pues me enfrento al altar,
Quedo ciego de embeleso;
Tras de mi lengua sin seso
Me arranque la piel a tiras:
la mentira


II

Quién a la noche espanta
Y ciega con claridad,
Y pasa por necedad,
Y se atranca en la garganta,
Quién si al engaño levanta
Se acuesta en la soledad:
la verdad


III

Más sentencias que el derecho
Dicta el obispo al hermano,
Y cuando llega al pagano
Se aleja de él un buen trecho;
Hurta al hereje su lecho,
Mete su mano en la pira:
la mentira


IV

Quién a los amigos pierde
Y los hace su enemigo,
Y se queda sin su abrigo
Cuando el invierno le muerde,
Quién que nadie la recuerde
Cuando se cumple la edad:
la verdad

V

Que duelos nunca le falten,
Ni quebrantos de llorona,
Su nómina en la corona,
Los suspiros la delaten;
A la sana, aunque la maten,
Inocente se retira:
la mentira


VI

Quién pues ni peca ni miente
Se condena por pecadora,
Y por mentira sonora
Ante el oído indolente,
Quién hace que reviente
De furia la falsedad:
la verdad


VII

A Roma cuando es preciso
Puede el cristiano llegar,
Mas si se quiere salvar
Abra su bolso remiso,
Que es su dinero comiso
Y el aire que ella respira:
la mentira


VIII

Quién por loca es tenida
En la boca del demente,
La libera el aguardiente
Aunque tapen su salida;
Quién que sea mal recibida
Se enfrenta a la autoridad:
la verdad




IX

Quién te saca del averno
Para entrar al paraíso,
Te prende sin previo aviso
condenado en otro infierno,
Te burla con cuento tierno
Y descarga después su ira:
la mentira